
EL SHOW COLONIZÓ LA DEMOCRACIA
En 1967, Guy Debord escribió que todo lo que antes se vivía de forma directa había pasado a existir como representación. Casi sesenta años después, esa idea parece explicar mejor que nunca la forma en que funciona la política en Colombia y Latinoamérica. A partir del concepto de espectáculo desarrollado por Debord, esta lectura plantea dos formas en las que el espectáculo opera sobre nosotros: como ocultamiento, cuando un falso enfrentamiento entre bandos que se presentan como rivales termina ocultando un interés compartido; y como sustitución, cuando detrás de la imagen de un candidato ya no parece existir nada más —la imagen se convierte, para efectos prácticos, en todo lo que existe. Desde el golpe de Rojas Pinilla hasta el reciente pacto entre Uribe y Petro en el Senado; desde el célebre debate Kennedy-Nixon hasta las últimas campañas presidenciales colombianas, casi setenta años de historia política conducen a una misma pregunta incómoda: ¿Cuánto de lo que llamamos participación política es, en realidad, consumo de espectáculo?
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