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Llegar: Llegar Despertar & Trascender · seb Llano

Capítulo 10 de 79

Parte 10

Ese fi n de semana en Naqua, cuando celebramos el Día de la Madre en familia, descubrí algo más allá del homenaje: en ese bosque tranquilo, donde el viento susurra y los árboles no tienen prisa, entendí que el silencio también habla. Que caminar sin decir palabra, solo respirando el aroma a pino y dejando que los pensamientos fl oten, es otra forma de recibir regalos invisibles. Ahí comprendí que mirar hacia atrás no signi fi ca estancarse en la nostalgia ni cargar culpas, sino abrir los ojos al camino recorrido con gratitud, sabiendo que cada paso nos trajo hasta aquí.

La mañana siguiente desperté con la intuición de que Mia no estaba dentro de la casa. No había ruido de cocina, ni tazas sobre la mesa. Solo el silencio de la montaña. Me puse una chaqueta gruesa y salí a buscarla. No sabía hacia dónde iba exactamente, pero sí sabía que no caminaba solo: mis pensamientos me acompañaban, y con ellos, las memorias que querían salir de su escondite.

El sendero se abrió bajo mis pies como si el bosque me conociera. Las hojas secas crujían con cada paso y el viento frío acariciaba mi rostro. No sentía prisa. Sentía presencia. A cada metro que avanzaba, algo en mí se conectaba con un lugar antiguo, una versión mía que tal vez había olvidado, pero que seguía ahí, esperando que volviera a mirarla.

Subí hasta un claro donde los árboles se abrían como brazos generosos. Ahí estaba Mia. Sentada sobre una piedra húmeda, quieta, dejando que el viento le hablara.

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La imagen era tan simple como poderosa. Me detuve. Cerré los ojos. Respiré profundo.

Y me pregunté: ¿Es posible volver en el tiempo? ¿Revivir desde otro lugar lo que antes dolió o se escapó sin entenderlo? ¿Será que el pasado no está detrás, sino dentro, esperando a ser revisitado con ojos nuevos?

Di unos pasos más. Las hojas delataron mi presencia. Mia volteó lentamente y me regaló esa sonrisa suya, esa que contiene tanto amor como fi rmeza. No necesitábamos muchas palabras. Pero igual, las dijimos.

—Hola, Mio. ¿Me estabas buscando o me encontraste al seguir tus pies?

—Estoy seguro de que mis pensamientos estaban en otro lado… pero mi alma, sí, mi alma seguramente te estaba buscando.

—Bueno, me encontraste. Estaba pensando en todo lo que has logrado… y cómo me llena el alma ver en lo que te has convertido. ¿Y tú? ¿En qué piensas?

La miré. Sentí cómo algo en mi pecho se abría, como si esa pregunta fuera una llave hacia lo que no conocemos.

—En que esta conversación… este silencio compartido… todo esto, Mia… es parte de lo que yo

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soñé alguna vez. Vale, Anto, esta familia. El deseo que nació en mí siendo apenas un adolescente se está materializando. Y no sé si fue magia, fe o simplemente el universo que me escuchó.

Ella me miró largo. Sus ojos se humedecieron.

—Eso me conmueve… Pensé que era una relación inocente, de juventud.

—Lo fue. Pero también fue real. Muy real. Tal vez no estábamos listos para todo lo que signi fi caba… pero sí sabíamos que lo sentíamos desde el alma. En esa época deseaba muchas cosas: libertad, amor, sentido… Y mira. Aquí estoy. Tú, yo, Vale, Antonio creciendo dentro de ella… esta casa, este bosque. Todo esto... es real.

Mia me tomó la mano. No dijo nada. No hacía falta.

Ese día, entre el olor de la tierra mojada y los rayos tenues del sol fi ltrándose entre las ramas, entendí algo que cambió mi forma de ver el tiempo: no regresamos al pasado para quedarnos ahí. Regresamos para reconocerlo, abrazarlo y, desde ahí, avanzar con más claridad. Porque al fi nal, lo que sembramos es lo que se materializa en nuestras vidas. Y ese día en Naqua fue eso: un puente entre dimensiones. Entre el “yo” que deseaba y el “yo” que hoy recibe. Entre la promesa que lancé al cielo años atrás y la realidad que hoy habito.

—¿Sabes, Mio? A veces me pregunto cómo lograste tomar decisiones tan grandes en momentos tan inciertos. ¿Qué fue lo que realmente te impulsó a irte?

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—Fue un deseo, Mia. Pero no uno super fi cial, de esos que aparecen por moda o presión. Era un deseo que venía desde el alma. Lo sentía en el pecho, como si algo me susurrara que tenía que moverme, salir, ir hacia lo desconocido para poder encontrarme.

—¿Y por qué Argentina?

—Al principio fue una huida… No encajaba en la universidad en Colombia. Me sentía encerrado. Estudiaba diseño, sí, algo que siempre amé, pero las clases eran estructuras vacías: fi gura humana, teoría del color… ya lo conocía. Yo buscaba algo que me retara desde otro lugar. Algo que me sacara de mí mismo. Quería más vida, más aire, más error.

—Qué valiente fuiste… pero también… qué solitario debe haber sido llegar.

—Totalmente. Recuerdo esa primera noche. Llegué al apartamento de mi primo. Todo era nuevo. Las calles, el acento, los olores. Me senté en la cama, miré alrededor… y no entendí nada. No entendía el idioma emocional de esa ciudad. Todo era frío. Y al mismo tiempo… era todo lo que yo había deseado.

—¿Qué sentiste?

—Una mezcla rara… Una parte de mí estaba extasiada por haberlo logrado, por estar ahí cumpliendo un deseo que tanto pedí. Y otra… rota. Porque aunque había llegado, no había podido soltar. No podía soltar a Vale. Su olor, su voz, su abrazo. La había dejado atrás, y

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aunque físicamente estaba en otro país, emocionalmente seguía allá, amarrado a Bogotá, a ella.

—¿Sufriste?

—Muchísimo. Pero también entendí que el sufrimiento es parte del camino del alma. Que uno no puede expandirse sin quebrarse un poco. Ahí descubrí el valor del deseo… de aprender a mirar el dolor no como castigo, sino como maestro. Me repetía una y otra vez: “No son las cosas las que nos de fi nen, sino la opinión que tenemos sobre ellas.” Empecé a ver el desapego no como pérdida, sino como transformación.

—¿Y los días siguientes?

—Me lancé a conocerlo todo. Caminaba sin parar. Me subía a colectivos sin saber a dónde iban. Buscaba excusas para hablar con extraños. Quería llenarme de historias nuevas. Hacer amigos. Y lo logré. Pero en las noches, cuando me quedaba solo… volvía Vale. Y no como una persona, sino como un vacío. Una ausencia con nombre propio.

—Es que eso también es amor, Mio. El que no se olvida tan fácil. El que no se reemplaza.

—Lo sé. Y por eso decidí no pelear contra eso. Dejé que me habitara. Que me acompañara. No intenté distraerme. Permití que el recuerdo se volviera un compañero silencioso. Y desde ahí… empecé a construir otro tipo de amor. Más maduro. Más libre.

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—¿Qué cambió?

—Cambió todo. Me di cuenta de que el verdadero viaje no era el avión ni el pasaporte sellado. Era la confrontación conmigo mismo. Con mis miedos, mis vacíos, mis errores. Porque claro que cometí errores, Mia. Me equivoqué en relaciones, en decisiones, en juicios. Pero esos errores me de fi nieron. No por el daño que hicieron, sino por las lecciones que dejaron.

—Ahí es cuando uno realmente empieza a crecer…

—Exacto. Empecé a ver que no se trata solo de hacer lo correcto. Se trata de vivir con presencia. De no dejar que la culpa sea más fuerte que la compasión. De aceptar que hay días oscuros. Y que uno puede llorar, pero también puede reír con la misma intensidad. Me volví más consciente de mi luz… pero también de mis sombras.

—¿Y qué hiciste con todo eso?

—Lo transformé en impulso. El deseo que me llevó a Argentina dejó de ser una huida y se convirtió en un llamado. Aprendí que uno no viaja para escapar, sino para ampliar su alma. Y así fue. Empecé a hablar con Vale desde un lugar diferente. No para que volviera, sino para que entendiera en qué me estaba convirtiendo.

—Y yo desde acá… sentía todo eso sin saberlo. Te sentía más tú. Más presente. Más fuerte.

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—Ese viaje me enseñó que no siempre obtenemos lo que queremos en el momento que lo deseamos. A veces, el deseo necesita madurar. Y otras, simplemente necesita espacio. En ese tiempo, Vale y yo nos volvimos espejos distantes. Pero nos seguíamos mirando, aunque fuera desde lejos.

—¿Y volverías a hacerlo?

—Sí. Mil veces. Porque cada error, cada soledad, cada duda… me trajo hasta aquí. Hasta este bosque. Hasta esta piedra. Hasta este momento contigo, recordando. Y lo más bonito es saber que ese deseo que nació desde mi corazón —de construir una familia, de amar libremente, de crecer con propósito— hoy es real. Está en Vale, en Antonio… en esta casa en la montaña que huele a hogar.

—Qué hermoso es escucharte así. Verte completo, aún con tus heridas.

—Porque ya no busco esconderlas. Las honro. Son parte del viaje. Son parte del deseo materializado. Porque no se trata solo de alcanzar un sueño… se trata de tener el coraje de sostenerlo, de cuidarlo, de seguirlo nutriendo.

—Entonces... ¿el viaje aún no termina?

—No. Apenas comienza. Cada día, cada paso… seguimos viajando. Pero ahora sé que no camino solo. Llevo en mí todo lo que fui, todo lo que aprendí. Y

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sobre todo, a quienes me ayudaron a convertirme en quien soy.

Miro a Mia, y reconozco que su presencia silenciosa fue el primer territorio en el que aprendí a habitar mi deseo. El viaje, al fi nal, no empieza con una maleta. Empieza con una conversación. Y esta… es la más importante que he tenido en toda mi vida.

—¿Sabes qué me parece más admirable, Mio? No fue que te fuiste. Fue que fuiste fi el a ese deseo.

Pudo haber sido más fácil quedarte, hacer lo que se esperaba de ti, seguir el camino que ya conocías…

—Sí, pero algo dentro de mí no me dejaba quedarme quieto. Era como si el alma se rebelara ante la comodidad.

No sé explicarlo con lógica. Era una incomodidad profunda con lo “seguro”. Lo sentía como una chispa interna, un llamado silencioso que decía:

“Hay algo más para ti. Pero está lejos. Está al otro lado de tu miedo.”

—El deseo es eso mio, Una fuerza que a veces no entendemos, pero que, si la escuchamos con el corazón abierto, nos arrastra hacia versiones más auténticas de nosotros mismos.

—Lo aprendí en carne viva.

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Llegar a Argentina no fue un triunfo inmediato. Fue un sacudón. Llegué con las ganas de comerme el mundo… y el mundo no me tenía ningún plato listo.

— Al principio, todo me desbordaba. El acento, la burocracia, la soledad. Salía a caminar porque no sabía qué más hacer. Mis ganas de tener éxito profesional chocaban con una realidad fría: nadie me conocía, nadie me debía nada, todo debía empezarse desde cero.

Pero ahí, justo ahí, fue cuando entendí que el deseo verdadero no promete resultados rápidos. El deseo de verdad… requiere paciencia, resiliencia y entrega incondicional.

—No es que las cosas sean difíciles porque no nos atrevemos… es que no nos atrevemos porque son difíciles.

Algo así sentiste, ¿verdad?

—Tal cual. Yo tenía un ideal del éxito: reconocimiento, proyectos, dinero, impacto. Pero lo que descubrí fue otra cosa, descubrí el éxito invisible ese que pasa cuando decides no rendirte. Cuando sigues caminando aunque nada salga como esperas.

Y eso fue el verdadero aprendizaje: respetar el deseo incluso cuando todo te empuja a abandonarlo.

—Ser fi el al deseo es una forma de devoción, Mio.

Y es también una forma de libertad.

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Porque cuando el deseo viene del alma, no necesita aprobación. Solo necesita constancia.

—Ahí fue cuando entendí que mi deseo no era solo profesional.

Era un deseo más amplio, quería aprender a caminar como un hombre libre, del juicio de otros, de la expectativa social, del miedo al fracaso. Y eso me llevó a descubrir una nueva forma de propósito. Uno que no se mide por lo que logro, sino por lo que sostengo con integridad.

—¿Y cómo supiste que ese era tu camino?

—Porque lo sentía… No quería rendirme.

Me sentía desorientado muchas veces, pero al mismo tiempo… vivo.

Había una vitalidad que me llenaba cuando diseñaba por las noches, cuando caminaba por Palermo pensando en cómo mejorar mis ideas, cuando conocía personas nuevas con historias diferentes que me abrían el alma.

—El deseo no es solo una meta. Es también una manera de vivir. Una disposición interna.

—Exactamente. Y cuando empecé a ver eso, todo cambio, dejé de buscar “logros” y empecé a honrar el proceso.

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