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Llegar: Llegar Despertar & Trascender · seb Llano

Capítulo 14 de 79

Parte 14

—Y confío. No siempre, pero más que antes.

La con fi anza no llega con certezas. Llega con presencia.

El cuarto hoyo nos recibió con una pendiente suave. El pasto era más claro, más tibio. Todo parecía dispuesto para una lección sin estridencias. Golpeé, esta vez con menos técnica y más atención. La bola no avanzó mucho, pero tampoco importó.

—A veces no es hacia adelante —dije—. A veces es solo estar.

—Y estar puede ser más transformador que avanzar —añadió Mia—. Porque al estar, uno se encuentra.

Nos sentamos bajo un árbol. Sus ramas proyectaban una sombra que se movía con el viento. Hablamos de la vida como una danza entre resistir y rendirse, entre elegir y aceptar. En medio de eso, surgió un recuerdo mío, uno que no había dicho en voz alta.

—Una vez pensé que el amor debía doler para ser real —dije—. Lo aprendí mal. Lo viví peor.

—¿Y ahora?

—Ahora sé que el amor verdadero es lo único que no duele. Lo que duele es lo que proyectamos sobre él.

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El amor no hiere. Lo que hiere es la expectativa que lo deforma.

Mia se quedó en silencio. Luego dijo:

—Y sin embargo, incluso eso era parte del camino. No llegas al amor verdadero sin atravesar tus ilusiones.

Seguimos el recorrido. En el siguiente golpe, ni siquiera miré el resultado. Me bastó con sentir que el gesto había sido honesto. Que no había máscara ni pretensión. Solo intención.

—Quizá por eso estamos aquí hoy —dije—. Para que el cuerpo recuerde lo que el alma ya sabía.

—Y para que el alma, por fi n, se permita descansar en ese recuerdo —susurró ella.

Hay días que no son para avanzar, sino para volver. Volver a casa. Volver a uno. Volver al centro.

El siguiente tramo del recorrido lo hicimos en silencio. No por falta de temas, sino porque cada paso, cada sombra que cruzábamos, era ya una conversación en sí misma. La brisa traía consigo un aroma a tierra húmeda, y el sol comenzaba a templar el aire. Había una sensación de asentamiento, como si algo en nosotros se estuviera acomodando por dentro.

—¿Sabes? —dije después de un rato—. Siempre pensé que debía encontrar respuestas para poder estar en

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paz. Pero hoy siento que las preguntas, cuando se contemplan sin ansiedad, también paci fi can.

—Porque dejan de ser gritos —respondió Mia—. Y se vuelven cantos. Cantar una pregunta es distinto a exigir una respuesta.

Hay preguntas que solo encuentran su lugar cuando dejamos de buscarlas.

Nos detuvimos en el hoyo cinco. Golpeé con fi rmeza, pero sin tensión. El golpe fue limpio, pero el resultado no fue perfecto. La bola quedó lejos. Esta vez no me juzgué. Me senté en el césped, observando el vuelo que había tenido. Mia se acercó y se sentó también, bajando su ritmo a mi estado interno.

—¿Qué sentiste al soltar el palo? —preguntó.

—Que ya no me importaba tanto el destino, sino el gesto.

—Eso es libertad —dijo—. Cuando puedes actuar sin que el resultado de fi na tu valor.

—Y eso solo ocurre cuando dejas de actuar para ser visto.

La autenticidad es silenciosa. No necesita aplausos. Solo verdad.

Compartimos una mandarina que Mia había traído en su bolso. Mientras pelábamos los gajos, el olor cítrico nos despertó una sonrisa involuntaria. Era un pequeño

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ritual, como los de antes, cuando yo era niño y ella me explicaba que cada fruta tenía un ritmo, un origen, una historia.

—¿Y qué historia te contaría esta? —le pregunté, sosteniendo un gajo en la mano.

—Que hay dulzura en la espera. Que a veces hay que pelar muchas capas antes de llegar a lo esencial.

El sol ya estaba más alto. El aire más vivo. El campo parecía envolverse en una vibración suave. Seguimos caminando. En el hoyo seis, fallé el primer golpe y respiré hondo. Mia no dijo nada, pero su silencio me permitió escuchar mi diálogo interno.

—Durante años me forcé a avanzar, aunque no sabía hacia dónde. Temía detenerme. Pensaba que parar era fracasar.

—¿Y ahora?

—Ahora creo que detenerse es parte del viaje. Que no todo se mide en pasos, sino en profundidad.

—Y en presencia —añadió ella—. Porque a veces basta con estar completo, aquí, ahora.

Quien sabe habitar el presente ya ha llegado a muchos lugares sin moverse.

En el hoyo siete, compartí una memoria. Una de esas que duelen menos cuando se nombran.

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—Una vez regalé mi computador sin pensarlo mucho. Sentí que estaba cerrando una etapa. Que necesitaba dejar espacio.

—¿Y qué pasó después?

—Nada inmediato. Pero dentro de mí algo se acomodó. Como si ese acto me hubiese recordado que no necesito cargar con todo.

—Soltar es con fi ar. Y con fi ar es permitir que algo nuevo llegue sin aferrarse a lo viejo.

No todo lo que se pierde es una pérdida. A veces es la forma que tiene la vida de hacer espacio para lo verdadero.

Al fi nal del hoyo ocho, erré varias veces. Pero esta vez, la frustración no me atrapó. Me observé. Me respiré. Me perdoné.

—¿Te diste cuenta? —dijo Mia—. No fue el golpe lo que cambió. Fuiste tú.

—Y eso cambia todo.

Nos miramos sin necesidad de más palabras. Sabíamos que lo importante ya se había dicho... sin decirse.

Hay días en los que uno no gana nada visible, pero recupera partes de sí que creía perdidas.

El hoyo nueve se abría frente a nosotros con una serenidad que no pedía prisa. El viento apenas movía

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las hojas, pero era su fi ciente para recordarnos que el mundo seguía girando, aunque por momentos se sintiera detenido. Nos acercamos despacio, como si cada paso fuera parte de una coreografía invisible.

—¿Sientes que cambiaste? —preguntó Mia, rompiendo la quietud con suavidad.

—Siento que estoy cambiando. Que ya no me muevo por la urgencia de llegar, sino por el deseo de comprender.

—Eso es un giro profundo —dijo—. Pasar de la velocidad al sentido.

Golpeé la bola. Esta vez, no hubo técnica, pero sí intención. La vi desviarse ligeramente, y sin embargo, algo en mí sintió que había sido perfecto así.

—Cuando jugabas antes —dijo ella—, ¿qué buscabas realmente?

—Aprobarme. Sentirme su fi ciente.

—¿Y ahora?

—Ahora juego para habitar. Para estar completo en lo que hago, aunque no resulte como lo imaginé.

La perfección no está en el resultado, sino en la totalidad del gesto.

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Avanzamos en silencio. Cada hoyo parecía ahora una puerta. Un umbral invisible que se abría no sólo en el campo, sino dentro de nosotros. Al llegar al diez, me detuve antes de preparar el golpe.

—Hay un tipo de cansancio —dije— que no viene del cuerpo, sino del alma. El que se siente cuando uno ha vivido años sosteniéndose desde el miedo.

—Ese es el cansancio que más merece descanso. Y no siempre se cura durmiendo, sino diciéndose la verdad.

La verdad no siempre libera de inmediato. Pero al nombrarla, se empieza a respirar diferente.

—A veces dije sí cuando todo en mí gritaba no. Por agradar. Por miedo al rechazo. Por no incomodar. Y me perdí.

—Y ahora estás regresando.

—Sí, pero sin culpa. Como quien vuelve con una ofrenda, no con reproches.

Golpeé. La bola rodó suave, sin urgencia. Se detuvo a medio camino del hoyo, como si esperara algo más.

—Hay decisiones que nos acompañan por años —dijo Mia—. No por lo que hicieron, sino por lo que evitamos mirar.

—Y una de esas fue no decir lo que sentía. Guardarme. Encerrarme.

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El silencio puede ser refugio o prisión. Lo que lo de fi ne es la intención detrás.

Nos sentamos en una pequeña loma. Desde ahí, el campo se abría como una extensión del alma. Le hablé de una relación pasada. De un amor donde di más de lo que tenía y terminé vacío. Mia no interrumpió. Solo escuchó.

—Después de eso, dejé de creer. Me cerré sin querer. Como si protegerme fuera más importante que amar.

—Y sin embargo —dijo con una sonrisa serena—, aquí estás. Caminando. Compartiendo. Volviendo a con fi ar.

—Sí… supongo que en el fondo, el alma no se rinde. Solo se protege hasta que el momento sea propicio.

Hay una fuerza suave en el alma que espera sin rendirse. Que sabe cuándo abrirse otra vez.

Cruzamos el hoyo once mientras el sol comenzaba a calentar con más fi rmeza la tierra. Las sombras se acortaban, y con ellas, la sensación de introspección parecía dar paso a algo más luminoso. Sentí en el cuerpo ese cambio sutil, como si después de una larga conversación interna, llegara por fi n un momento de tregua.

—Hoy no has buscado respuestas —dijo Mia, caminando a mi lado—. Solo has permitido que surjan.

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—Es que ya no quiero entenderlo todo. Quiero vivirlo —respondí.

—Esa diferencia cambia el alma. Porque vivirlo te involucra, te transforma.

Entender puede ser un refugio. Vivir, en cambio, te pone en riesgo. Pero también te da verdad.

Me detuve antes de golpear. Cerré los ojos. Escuché a los pájaros, al viento, al silencio que hay entre una respiración y otra. Abrí los ojos y golpeé. Fue un tiro simple. Fluido. Sin intención de demostrar nada. Mia aplaudió suavemente.

—A veces el alma se expresa más en lo que no se esfuerza —dijo—. Ese tiro hablaba de ti.

—Del que soy cuando no me de fi endo —dije.

—Del que eres cuando recuerdas que ya no hay nada que demostrar.

Avanzamos hacia el doce. La conversación empezó a volverse más pausada, como si lo importante ya se hubiera dicho y ahora solo estuviéramos asentando lo vivido. Hablamos de papá. De su silencio, de sus ausencias, de su forma extraña de amar. Mia no lo juzgó. Solo lo narró como se narra el clima: sin dramatismo, con aceptación.

—A veces me pregunté por qué lo elegiste —dije.

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—Yo también me lo pregunté. Pero entendí que no lo elegí para cambiarlo, sino para conocerme.

Hay relaciones que no vienen a completarnos, sino a mostrarnos los bordes que aún no sabemos abrazar.

—De él heredé la fortaleza, pero también la dureza —continué—. Y contigo aprendí a suavizarme sin perder el centro.

—Por eso somos equilibrio. Uno le dio forma al contorno, el otro a la profundidad.

El tiro en el doce fue largo y sereno. Casi ceremonial. Mia me observó, y esta vez no dijo nada. Solo caminó conmigo en silencio, como si ese momento no necesitara interpretación. Al llegar al trece, nos detuvimos junto a un árbol.

—Este campo se ha vuelto un espejo —dije.

—Y tú, un re fl ejo que ya no teme mirarse.

Cuando uno deja de temer lo que ve en sí mismo, se empieza a vivir desde otro lugar.

Nos sentamos en la sombra. Comimos un trozo de pan que habíamos traído y bebimos un poco de agua. A la distancia, un pájaro cantó con insistencia. Lo escuchamos en completo silencio.

—¿Te diste cuenta? —preguntó Mia—. No hemos hablado de logros, de planes, de metas. Solo de ti. Y de mí. En lo que somos, no en lo que hacemos.

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