Capítulo 18 de 79
Parte 18
hacia la confusión. No hay peor ceguera que la del alma que se ha olvidado de sí misma.
—Y en ese buscar... me encontré con mis demonios.
Mia levantó la mirada.
—¿A qué les llamas demonios?
—A todo lo que evité por años. A mis traiciones. A los días en que hice daño sin darme cuenta. A las noches que preferí ignorar mi dolor con distracciones. A los amores vacíos. A las decisiones por miedo. A la rabia que no supe expresar y se quedó apretada en mi pecho.
Mia asintió lentamente.
—Mis demonios eran distintos. Más silenciosos. Nacieron de no decir lo que sentía. De cuidar a todos menos a mí. De pensar que amar era sacri fi carse. Y terminé perdiendo partes de mí que aún estoy buscando.
Nos quedamos callados un momento. Afuera, el viento comenzó a mover las hojas secas.
—¿Tú los encerraste también? —le pregunté.
—Primero los encadené —dijo—. Pensé que con su fi ciente disciplina o fe desaparecerían. Luego los encerré. Los negué. Pero terminaron saliéndose por las grietas. Y lo peor: comenzaron a hablar con mi voz.
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—Yo los convertí en dragones —dije con una media sonrisa—. Gigantes, alados, con fuego en la garganta. Pensé que si los vencía, iba a quedar libre. Pero nunca pude.
—Porque no se vencen. Se integran. No son enemigos. Son partes tuyas que no supiste amar.
Miro esta escena como quien observa un eco. La casa, el calor, la cascada que aún no cae. Todo es una recreación amorosa del alma. Porque la realidad que compartimos ahora es otra. Una cama, un cuerpo frágil, un aire denso. Pero aquí, en este momento, seguimos siendo madre e hijo frente a nuestros dragones. No para pelearlos, sino para comprenderlos. Para dejar de temerles.
—¿Y tú cuándo comenzaste a soltarlos? —le pregunté.
—Cuando entendí que no podía seguir dividiéndome entre la que era y la que mostraba. Cuando acepté que no podía seguir huyendo de mí misma.
Me quedé mirando el cielo, azul profundo, sin una sola nube. Sentí la humedad de la tierra, el sudor en la espalda, y ese temblor dulce que ocurre cuando uno está por nombrar lo que nunca se atrevió.
—Yo creo que por eso volvimos aquí —dije—. Porque este lugar sabe de silencios. Y de segundas oportunidades.
—Y porque los dragones, a veces, también necesitan agua —dijo Mia, sonriendo.
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La tarde comenzaba a dorar el aire. Afuera, los insectos zumbaban como si celebraran que habíamos regresado. Dentro de la casa, el calor se había vuelto compañía. Ya no era incómodo. Era como si la piel supiera que debía recordar. Que estaba por abrirse algo que no se podía abrir en el frío.
Mia se había sentado en la mecedora del abuelo. Yo, en el suelo, con la espalda contra la pared. El tiempo, aquí, no parecía avanzar, solo ensancharse.
—Creo que mis primeros demonios nacieron con disfraces —dije de pronto—. No eran feroces al principio. Eran simpáticos. Convenientes. Una mentira a tiempo, un deseo disfrazado de necesidad, una atracción que no miraba a los ojos.
—Los míos también. Se vestían de responsabilidad. De fuerza. De madre perfecta. Nadie sospecha de lo que parece virtuoso.
—Y por eso duelen más cuando se revelan.
—Sí. Porque entonces no sabes si fuiste tú quien falló, o si fue la imagen que construiste de ti misma la que ya no encaja. Así comienzan: como grietas diminutas en una fachada que parecía sólida. No hacen ruido. No exigen atención. Solo esperan. Y cuando menos lo esperas, han tomado forma, nombre, y te miran desde adentro como si hubieran vivido contigo toda la vida.
—Hubo un tiempo en que deseaba ser admirado —le confesé. No amado. Admirado. Quería ser el que todos
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miraban, el que parecía tener respuestas. Era una forma de sentirme seguro.
—¿Y lo lograste?
—Sí. Por un tiempo. Hasta que me di cuenta de que no había nadie al otro lado de ese aplauso. Solo yo. Solo un niño cansado de no sentirse su fi ciente.
Mia asintió con una tristeza compasiva.
—Yo deseaba ser imprescindible —dijo—. Que todos me necesitaran. Me escondía en esa utilidad. Pero nunca me pregunté si alguien me deseaba más allá de lo que podía dar.
—¿Y te desearon?
—No. Me usaron. Y yo lo permití, porque así me sentía valiosa. Como si no pudiera existir si no estaba haciendo algo por alguien.
Qué curioso: los demonios no gritan. Susurran lo que más queremos escuchar. Y cuando ya han echado raíces, es difícil distinguir si lo que hacemos es por amor o por miedo.
—Después, cuando todo se cayó —continué—, ya no sabía quién era sin todo eso. Sin el trabajo, sin la pareja, sin la certeza. Ahí fue cuando los vi por primera vez. No como errores, sino como criaturas vivas. Mis decisiones. Mis ausencias. Mis fugas. Todos tenían rostro.
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—¿Y qué hiciste?
—Me asusté. Traté de matarlos. Con terapia, con libros, con nuevos proyectos. Pero se reían. Seguían ahí, en cada impulso, en cada reacción automática.
—Porque no se van con lógica. Se van con compasión —dijo Mia.
Nos quedamos en silencio. Afuera, el viento comenzó a soplar más fuerte. Las hojas secas bailaban en espirales lentas, como si también estuvieran haciendo memoria.
—Una vez —dijo Mia— me miré al espejo y no me reconocí. No por el rostro, sino por los ojos. Ya no había fuego. Solo una calma hueca. Como si me hubiera ido sin irme.
—Yo me fui también —respondí—. Me fui en otras personas, en placeres fugaces, en trabajos que prometían propósito pero solo daban ego.
—Y cada vez que volvías…
—Era más difícil. Porque tenía que admitir que había sido yo quien eligió perderse.
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Perderse no es un accidente. Es una decisión silenciosa que se toma cuando lo que somos duele más que lo que aparentamos ser. Pero también es la antesala del reencuentro, si uno se atreve a mirar con honestidad.
—¿Cuándo entendiste que no podías seguir huyendo? —preguntó Mia.
—La noche que sentí que todo lo que había construido no tenía sentido si no podía compartirlo desde la verdad. Había logrado cosas, sí. Pero estaba solo. Rodeado, pero solo. Lleno de ruido, pero vacío. Y ahí entendí: no era el mundo. Era mi forma de habitarlo.
Mia se levantó. Caminó hacia la ventana. La brisa le movía el cabello como si quisiera despeinar sus pensamientos. Volteó a mirarme con una mirada profunda, cargada de años y silencios.
—Ese día que te fuiste a Buenos Aires, ¿recuerdas?
—Sí.
—Yo también vi un dragón ese día.
—¿Cómo así?
—El miedo de perderte. De no poder protegerte. De que te perdieras buscando algo que no sabía si existía. Pero no dije nada. Te abracé, te sonreí, y te dejé ir. Aunque por dentro estaba hecha cenizas.
Me levanté. Caminé hacia ella. No dije nada. Solo le tomé la mano.
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—Gracias por haber con fi ado.
—Gracias por haber vuelto.
Este momento no es una escena más. Es una ofrenda. Porque hay heridas que solo se sanan cuando se narran frente a alguien que no huye. Y ella, como siempre, no huye. Se queda. Mira conmigo. Y en ese mirar compartido, algo empieza a transformarse.
—Mia… ¿crees que los demonios se cansan?
—No. Pero se calman cuando los escuchas. Cuando les dices: “Ya no necesitas gritar. Te veo. Te entiendo. Gracias por mostrarme lo que dolía.”
—Entonces… ¿lo lograste? ¿Los domaste?
—No. Los abracé. Y dejé de luchar.
El calor de la tarde había cedido un poco. Una nube solitaria oscurecía brevemente el cielo, como si el agua misma respetara lo que se estaba diciendo. Nos sentamos en la terraza, donde el piso de cemento aún retenía el sol de la mañana.
—¿Sabes? —dije, después de un largo silencio—. Pensaba que los demonios vivían fuera de mí. Que venían del entorno, de las personas equivocadas, de las circunstancias injustas. Hasta que me di cuenta de que yo mismo les había construido un hogar. Y no uno temporal. Un calabozo.
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—Sí… los encierros más duros no los construyen otros. Los hacemos nosotros. Con decisiones que parecen pequeñas. Con justi fi caciones que tranquilizan por fuera y as fi xian por dentro —dijo Mia, con la voz calma pero fi rme.
—Yo los encadené con miedo. Les puse nombre: debilidad, fracaso, vergüenza. Pensé que si no los nombraba con ternura, los iba a controlar. Pero sólo los volví más rabiosos.
—Porque todo lo que se niega se radicaliza. Todo lo que se esconde busca más fuerza para ser visto.
—¿Y tú cómo lo viviste?
—Yo los encerré con deberes. Los tapé con cuidado, con devoción, con entrega ciega. Me convertí en una cárcel elegante. Nadie lo notó. Ni siquiera yo. Hasta que un día… se rompió todo.
—¿Cómo fue?
—No hubo un evento. Fue como cuando algo se oxida por dentro y un día se parte. Sin escándalo. Pero irrecuperable.
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El alma sabe cuándo se rompe. Lo sabe antes de que el cuerpo enferme, antes de que la mente lo acepte. Lo sabe cuando el cansancio deja de ser físico y se vuelve existencial. Cuando ni el sueño ni el silencio logran calmar lo que arde dentro. Ese momento es el verdadero crujir. Y la mayoría de nosotros… lo ignoramos hasta que es inevitable.
—¿Y qué hiciste cuando se rompió?
—Me senté en las ruinas. Sin ganas de reconstruir. Solo a contemplar. Descubrí que debajo del deber estaba la rabia. Y debajo de la rabia, la tristeza. Y debajo… una niña asustada. Con ganas de ser vista por quien era, no por lo que hacía.
—¿Y pudiste verla?
—Con los años. Con lágrimas. Con mucha soledad. Pero sí… un día la miré sin querer cambiarla. Y ahí comenzó todo.
Me froté las manos. Tenía el impulso de hacer algo, cualquier cosa, para desviar el nudo en el pecho. Pero me quedé quieto. Porque entendí que ese nudo no se desataba actuando. Se deshacía sintiendo.
—Yo me escondí detrás de la exigencia. Me exigía ser brillante, carismático, deseable, invulnerable. Era una máscara que me quedó pegada a la piel. Y el día que intenté quitármela, ya no sabía cómo era mi verdadero rostro.
Mia me miró con una dulzura que no juzga.
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—Ese rostro sigue ahí. Solo espera que dejes de buscarlo en el espejo de otros.
Los calabozos más profundos no tienen barrotes. Tienen expectativas. Tienen perfección. Tienen miedo al rechazo. Y cuando uno quiere escapar, muchas veces se culpa por haber construido algo que no sabe cómo destruir. Pero a veces no hay que destruir. Solo dejar de habitar.
—Una vez soñé que todos mis demonios estaban sentados en una mesa. Como si fueran invitados a una cena.
—¿Y qué hacían?
—Reían. Hablaban entre ellos. Me miraban con complicidad. Me estaban esperando. Pero yo no me sentaba.
—¿Por miedo?
—Sí. Porque sentía que si me sentaba con ellos, iban a devorarme. Pero después entendí que el verdadero miedo era que me reconocieran. Que vieran que yo también era parte de ellos.
—¿Y lo eras?
—Lo soy. Ellos no son otra cosa que mis partes negadas. Mi lujuria, mi ira, mi inseguridad, mi necesidad de aprobación. Todo lo que aprendí a esconder porque no era “correcto”.
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