Capítulo 3 de 79
Parte 3
En ese caso, ¿uno elige vivir para que esas vivencias se conviertan en las lecciones que vendrán?
Mientras hablaba, observé cómo su rostro adoptaba una expresión de análisis más que de certeza. Mia no me daba respuestas inmediatas; ella tenía el don de abrirme espacio sin imponer su verdad. Sentí la necesidad de continuar, no para convencerla, sino para entenderme.
– No lo sé, Mia… Para ser honesto, esto no me resulta del todo claro todavía. Es un pensamiento nuevo que me está naciendo, una sensación más que una idea fi ja. No creo que se trate simplemente de recordar las lecciones del pasado. Se trata más bien de asumir la responsabilidad del presente, de mirar nuestras experiencias con nuevos ojos. No etiquetarlas como buenas o malas, sino reconocer el valor que tienen por el simple hecho de haber sucedido.
Hice una pausa, buscando las palabras justas.
– Siento que vivir con plena conciencia es lo único que realmente importa. No vivir desde el temor, ni desde la angustia que paraliza… sino desde la intención de aprender, de descubrir qué sentido tiene cada cosa que nos ocurre. Si uno eligió este camino, entonces tiene sentido caminarlo con serenidad, con la convicción de que todo tiene un propósito más allá de lo inmediato.
Mia me observaba. Había en su mirada una fi rmeza suave, la de quien ha caminado largo y ha aprendido a con fi ar en lo que no se puede controlar.
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– Una postura como esa te permitirá avanzar con claridad. La incertidumbre no va a desaparecer, estará siempre ahí, en los bordes de todo lo que emprendas. Pero tu forma de mirarla, de recibirla, será lo que determine si ese camino te abruma o te enseño.
Sus palabras se asentaron en mi y fue entonces cuando mi mirada se detuvo en una vieja fotografía sobre la mesa: una imagen del parque de Gerona. La escena era sencilla, casi anónima, pero dentro de mí se abrió como un fl ash de recuerdos. Las risas infantiles, los juegos que duraban horas, las travesuras que ahora parecían tan pequeñas y a la vez tan esenciales… todo eso estaba allí, contenido en una imagen inmóvil pero vibrante.
Pensé en cómo los momentos más simples, esos que a veces pasan desapercibidos, son en realidad los que de fi nen la arquitectura interna de quienes somos. Lo entendí con nitidez: esos instantes no eran solo recuerdos, eran semillas.
– Si de verdad tuve la posibilidad de elegir, entonces creo que lo hice bien. No pude haber escogido mejor. Una madre arquitecta, trabajadora, sensible y entregada, y un padre cuya voluntad nunca se quebró, incluso cuando su cuerpo quiso detenerlo. Su fuerza, a pesar de todo, ha sido un faro. Pero también tengo que decirte algo… no te la puse fácil como madre. Llegué en un momento complicado, ¿no? Las cosas no estaban precisamente en su mejor punto.
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Ella sonrió apenas, como si supiera que esa di fi cultad también había sido parte de un todo, parte de nuestra historia.
Hay verdades que solo se revelan cuando nos atrevemos a mirar el pasado sin culpa ni idealización. En esa conversación, lo que comenzaba a emerger no era una teoría sobre el destino, sino una aceptación profunda de la vida tal cual es. A veces la sabiduría no llega en forma de certezas, sino como una corriente sutil de energía que nos con fi rma que estamos exactamente donde necesitamos estar. Y allí estábamos: dos almas que eligieron encontrarse, aún en medio del caos.
Mia tomó un sorbo de su té, y esa simple acción, tan cotidiana, parecía contener siglos de memorias. Sonrió levemente, como si sus pensamientos estuvieran danzando entre los años vividos. Afuera, el bullicio de la ciudad se fundía con la brisa que entraba por la ventana. Voces lejanas, pasos apresurados, el zumbido de una moto y el canto intermitente de un pájaro componían una sinfonía accidental. Y sin embargo, dentro de ese pequeño espacio que compartíamos, había una quietud esencial. Como si todo ese ruido no interrumpiera, sino que perteneciera.
– Cada época tiene sus desafíos –dijo fi nalmente, posando la taza con un gesto medido–. Bogotá siempre ha sido una ciudad intensa. Hay algo en su ritmo, en su energía, que no permite quedarse quieto. Criar a un hijo en medio de eso no fue fácil. Hubo momentos muy
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duros. Pero también hubo belleza, momentos de una ternura que solo se revela cuando uno ha tocado el límite del cansancio. Y tú, Mío… desde pequeño, eras un torbellino. Una energía imparable, una voluntad viva. Siempre buscando algo, como si ya supieras que lo visible no era su fi ciente.
Me recosté en el sofá con una sonrisa que no era solo de nostalgia, sino de complicidad.
– Bueno… admito que no me quedé quieto ni un segundo –dije, casi entre risas–. Pero ¿cómo hacerlo, Mia? Era imposible. Esta ciudad era un escenario inabarcable, lleno de historias escondidas. Cada esquina tenía una posibilidad. Cada bus, cada parque, cada calle, era como una puerta abierta a mil vidas posibles. Yo no vivía una sola infancia, vivía muchas. En mi mente, cada día era una expedición, y cada desconocido era un universo por descubrir.
– Quizás por eso desarrollé esta necesidad de cuestionarlo todo. Nunca me bastó con aceptar que las cosas eran como eran. Necesitaba entender. Saber por qué. Preguntarme cómo. Pero no lo hacía desde el miedo o la descon fi anza, sino desde una especie de curiosidad salvaje. Cada pregunta era un pasaje secreto. Y cada respuesta, el inicio de otra búsqueda.
La luz se deslizaba por la sala como una caricia que lo empapaba todo: los libros, los marcos, las cortinas. Mia se inclinó hacia mí con esa expresión que siempre precedía una historia. Había algo en su mirada que
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anticipaba que estábamos por volver a esos años en los que ella aún me enseñaba a leer el mundo.
– Desde que eras niño, nada te detenía, no había árbol demasiado alto, ni juego demasiado arriesgado. Recuerdo que en el parque, cuando todos los niños elegían el camino fácil para escalar, tú buscabas la ruta más difícil. Siempre. Te caías, te raspabas las rodillas, y sin decir nada, te levantabas, te sacudías el polvo, y lo intentabas de nuevo. Como si rendirse simplemente no fuera una opción que contemplaras. Yo te observaba, a veces con miedo, otras con orgullo, preguntándome de dónde venía esa fuerza tuya.
Hizo una pausa breve, respirando con suavidad, como si volviera a sentir la escena con todos sus matices.
– A veces pensaba que no te dabas cuenta del peligro… pero con el tiempo entendí que sí lo sabías. Lo que pasaba es que tu deseo de avanzar era mayor que tu miedo. Y eso, Mío… eso no es común.
La memoria es caprichosa. No guarda los hechos como sucedieron, sino como los sentimos. Y sin embargo, hay momentos que regresan limpios, cargados de una energía intacta, como si el tiempo no los hubiera desgastado.
Escuchar a Mia hablar así de mi infancia me revelaba una parte de mí que creía olvidada. Porque uno no siempre recuerda su propio valor, pero cuando alguien lo narra desde el amor, entonces algo despierta. Y en esa evocación, entendí que muchas veces fui valiente no por saberlo, sino porque ella me miraba con
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con fi anza. A veces, el verdadero coraje nace del re fl ejo que otra alma nos devuelve.
No pude contener la risa. Era una de esas carcajadas honestas, suaves pero liberadoras, como un soplo de aire que barre la nostalgia.
– Sí, bueno… supongo que siempre tuve ese impulso de ir un poco más allá pero también era porque sabía que, pasara lo que pasara, siempre podía volver a casa. Este lugar era mi refugio. Un equilibrio secreto entre la locura de la ciudad y la calma que tú sabías crear con solo estar. Y eso me dio algo muy valioso, Mia… la sensación de que la vida podía ser un juego, incluso en sus momentos más duros. Un juego con desafíos, sí, con caídas, pero también con risas, aprendizajes y, sobre todo, con muchas ganas de seguir adelante. Cada tropiezo era solo una parte del camino. Y cada rasguño, una nueva forma de conocerme.
Ella sonrió, esa sonrisa suya que no necesita decir nada para que uno lo sienta todo. Afuera, los sonidos de Bogotá seguían su danza: una moto cruzando rápido, una vecina llamando a su perro, el eco de una canción lejana. El día empezaba a despedirse, pero dentro de nosotros la conversación apenas se encendía. Lo que parecía un diálogo más se había transformado en un viaje profundo. Cada recuerdo compartido era un hilo nuevo en el tejido de lo que signi fi ca crecer, equivocarse y descubrir poco a poco quién se es en realidad.
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– Sin embargo… –añadí, bajando un poco la voz– hay algo en mí que todavía no entiendo del todo. Si realmente elegimos nuestro camino antes de nacer… ¿por qué incluí algo que me pondría una barrera tan grande justo desde el inicio?
Mia me miró con atención permitiendome continuar con la idea.
– Mis primeros recuerdos no son fáciles. Recuerdo que algo no encajaba, pero no sabía qué era. Mi dislexia complicó todo. Y lo peor es que ni siquiera supe qué me pasaba hasta que fui adulto. Solo sabía que algo no funcionaba igual en mí que en los demás. Mi trayectoria académica no tiene muchas páginas alegres. Me tocó cambiar de colegio muchas veces, y cada vez sentía que me alejaba más de algo que no lograba nombrar. No fue hasta mucho después que empecé a entender que todo eso también tenía un propósito. Que en medio de todo ese caos había una semilla.
Mia se levantó sin apuro. Caminó hasta el estante junto a la ventana, como si ya supiera exactamente qué buscaba. Sacó un cuaderno antiguo, con las tapas gastadas y las hojas amarillentas por el tiempo. Lo colocó sobre la mesa con cuidado, como quien muestra una pieza de su alma. Lo abrió en una página cualquiera, y ahí estaba mi letra infantil: torpe, irregular, con tachones que hablaban más que las palabras que logré escribir. Sonrió con ternura, como quien encuentra un tesoro que el tiempo no logró borrar.
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– Claro que lo recuerdo, Mío –dijo con dulzura, sin dejar de mirar la página–. Cada nuevo colegio era un reinicio. Yo lo vivía contigo. Eran experiencias llenas de incertidumbre, frustración, preguntas sin respuesta. Pero cada una de esas di fi cultades te obligó a mirar distinto. Te moldearon, aunque entonces ni tú ni yo pudiéramos verlo. Te hicieron más adaptable, más creativo. Aprendiste a buscar salidas cuando no te daban puertas. A con fi ar en tu propia manera de entender el mundo. Y eso… eso no lo enseñan en ninguna escuela.
Me quedé contemplando el cuaderno. No como quien mira un archivo viejo, sino como quien sostiene un relicario. Cada trazo torpe era una batalla. Cada corrección, una muestra de que no me rendía. Ese pedazo de papel era un espejo antiguo: me mostraba al niño que fui, al que luchaba sin comprender del todo por qué la vida le resultaba más difícil. Y sin embargo, ahí estaba. Viviéndola igual.
Miro ese cuaderno como si contuviera una versión olvidada de mí mismo. No con nostalgia, lo hago con gratitud. Porque comprender mi di fi cultad me enseñó a leer el mundo desde otro lugar. Y a veces pienso que la dislexia no fue una barrera, sino un lenguaje secreto que tuve que descifrar a mi manera. Y Mia… ella fue la única que supo quedarse conmigo, incluso cuando ni yo me entendía. Quizás por eso, ahora, todo empieza a tener sentido. Porque lo vivido no se corrige, se honra.
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– Ahora que miro hacia atrás puedo ver el valor que tuvieron todas esas experiencias. El mapa tiene más sentido desde la cima. Pero en su momento… lo único que podía sentir era frustración. Errores constantes, tareas interminables, esa sensación de estar siempre empezando de nuevo. Cada vez que llegaba a un colegio distinto, era como si me borraran la pizarra interior y me obligaran a redibujarme desde cero. Me costaba respirar en esos espacios. Y sin embargo… algo dentro de mí resistía.
– Si entiendo bien lo que estamos diciendo… entonces todo eso fue una elección. Una decisión consciente. No para castigarme, sino para tener las experiencias necesarias que me permitieran desarrollar lo que hoy soy. Ahora lo veo claro: fue esa diferencia la que me obligó a pensar distinto, a buscar otros caminos. Y creo que por eso terminé eligiendo el diseño, no la literatura. No porque no me gustara escribir, sino porque necesitaba construir signi fi cados con formas, con imágenes, con otros lenguajes.
Mia asintió, con esa expresión serena que tiene cuando escucha desde el alma.
– Tú siempre encontraste en el lápiz y el papel un lugar de paz –dijo, con esa voz suya que nunca juzga, solo comprende–. Desde pequeño, ahí era donde mejor te explicabas. Pero más allá de eso, lo que siempre me ha impresionado es tu capacidad de transformar la adversidad en oportunidad. No te detenías frente a la piedra: la observabas, la analizabas… y la convertías en
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peldaño. Lo hiciste una y otra vez, con una fuerza que a veces ni tú sabías que tenías. Esas piedras te enseñaron a subir.
El sol, ya inclinado hacia el horizonte, se fi ltraba por las cortinas con una calidez envolvente. Sentí, por un instante, que todo el peso de aquellos años se volvía liviano, como si la sola comprensión tuviera el poder de aliviar. Cerré los ojos un momento, sonriendo con una paz extraña, profunda.
– Creo que, por primera vez, reconozco que cada experiencia, incluso la más dolorosa, me estaba empujando justo hacia el lugar donde necesitaba estar. No para convertirme en alguien más, sino para recordar quién soy en esencia. Y crecer. Y despertar. Como si la vida, incluso en su dureza, estuviera aliada con nuestro propósito más íntimo.
Me quedé en silencio, pero algo adentro aún quería entender.
– Pero sigo preguntándome, Mia… ¿por qué mi “yo” original elegiría algo como la dislexia? ¿Qué sentido profundo puede haber en un reto tan persistente? ¿Qué clase de lección justi fi caría elegir algo así desde antes de nacer?
Ella no respondió de inmediato. Se acomodó en el sillón, y con la mirada fi ja en el cuaderno que aún descansaba sobre la mesa, habló con la paciencia de quien conoce el valor de las preguntas sin respuesta.
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