Capítulo 5 de 79
Parte 5
Con el tiempo comprendí que no todas las decisiones que nos transforman nacen de nuestra voluntad. Algunas vienen de otros, de los contextos, de la vida misma. Y aun así, es en la forma en que las vivimos donde reside nuestra libertad. Aprendí que no hace falta haber elegido cada piedra del camino para poder convertirlo en propio. A veces, aceptar que no tuvimos voz es el primer paso para encontrarla.
La idea de los reinicios constantes volvió a rondarme, como una melodía conocida que aparece de fondo cuando menos la esperas. Cada vez que comenzaba a sentirme en casa —en un colegio, con un grupo de amigos, en un barrio lleno de rostros familiares— algo sucedía. Como una cuerda que se corta justo cuando logras aferrarte a ella. Las decisiones de mis padres, por más llenas de amor o buenas intenciones que tuvieran, me lanzaban una y otra vez al vacío de lo nuevo. A comenzar desde cero. A presentarme de nuevo, a explicar quién era, a observar con cautela antes de pertenecer.
Durante años viví esa repetición como una condena, como si algo en mí no pudiera quedarse, como si la raíz estuviera prohibida. Pero con el tiempo, con los pasos caminados y las cicatrices cicatrizadas, entendí que ese ciclo también me estaba entrenando. Cada comienzo era una prueba. Me enseñaba a adaptarme, a leer el terreno, a no temerle a lo incierto. Aprendí a observar antes de juzgar, a construir vínculos desde la escucha. Todo eso que parecía pérdida, era en realidad una lenta formación. La resiliencia no apareció de un solo golpe, fue esculpida a fuerza de cambio. Y ahora…
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la agradezco. Porque hoy sé caminar donde otros se paralizan.
Días después de aquellas caminatas matutinas, justo cuando el sol comenzaba a ocultarse tras las montañas como si bajara el telón de un largo acto, volví a encontrarme en la sala con Mia. Había algo especial en ese espacio al fi nal del día, cuando la luz se colaba por las ventanas y el aroma del café recién hecho comenzaba a llenar el ambiente. Cálido. Familiar. Como si el universo se detuviera un instante, solo para darnos el permiso de mirarnos con verdad.
Los álbumes seguían apilados sobre la mesa, abiertos en distintas épocas. Parecían invitarme a continuar el viaje, a seguir abriendo puertas del recuerdo que aún tenían algo que decir.
– ¿En qué piensas? –preguntó Mia, con esa dulzura suya que siempre lograba traerme de regreso al presente sin empujarme. Su voz no interrumpía, acompañaba.
– En Ibagué –respondí, casi sin pensarlo. No porque no lo hubiera meditado, sino porque la palabra ya estaba lista para salir–. En los traslados de colegio. En cómo mi infancia fue moldeada por elecciones que nunca estuvieron bajo mi control. A veces siento que viví dentro de decisiones ajenas. Que fui el resultado de movimientos que no decidí.
Mia asintió despacio. Su rostro era un mapa antiguo, lleno de rutas que yo también conocía. En su expresión
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cabía la empatía, pero también una forma silenciosa de pedir perdón sin culpa.
– Dejamos tanto atrás en ese momento… Los primos. Los vecinos que eran casi familia. Tus amigos de infancia, los que te conocían sin explicaciones. Las rutinas pequeñas: el puesto de empanadas al frente del colegio, las caminatas con papá al parque los domingos, esas tardes largas de tareas contigo. Bogotá no era solo una ciudad; era el lugar donde tú empezaste a ser tú. Y cuando nos fuimos… todo eso quedó atrás. Como una foto que con el tiempo empieza a perder color, pero que igual uno guarda con cuidado, porque ahí está lo que fuimos.
Me quedé en silencio. No porque no tuviera palabras, sino porque las emociones hablaban primero. A veces, recordar es como tratar de respirar bajo el agua.
Mudar el cuerpo es sencillo. Mudar el alma toma años. Nadie nos enseña a cerrar ciclos cuando aún estamos aprendiendo a nombrarlos. Pero ahora lo sé: lo que parecía desarraigo era también expansión. Porque en cada nuevo comienzo, el niño que fui aprendía a hacerse fl exible sin romperse. Y en el fondo, lo que creí pérdida era en realidad la construcción de una mirada capaz de reconocer hogar en otras formas, en otros ritmos, en otras pieles. El arraigo no siempre se encuentra donde nacimos, a veces se construye con las personas que no dejan que te olvides de ti.
Mia sonrió con una mezcla de ternura y melancolía. Su mirada se posó por un instante en el vapor que ascendía desde su taza, como si en ese humo pudieran
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dibujarse los fragmentos de un tiempo que también había sido suyo.
– Bogotá fue tu primer hogar –dijo en voz baja–. Y eso no se olvida. Hay cosas que se nos pegan al alma, como el olor a lluvia sobre el andén o la risa de los amigos del barrio. Pero cuéntame más… ¿cómo fue ese cambio para ti? ¿Qué sentiste al llegar a Ibagué?
Tomé aire. No porque fuera difícil hablar de ello, sino porque era preciso encontrar la palabra justa. Las emociones de aquel tiempo no eran simples; eran capas. Sentimientos superpuestos que, con los años, habían adquirido nuevas formas.
– Fue como si me lanzaran a un laberinto emocional completamente nuevo –dije fi nalmente–. Todo me resultaba ajeno. Recuerdo con claridad los primeros días: el calor, denso, abrazándote desde que salías de casa; las calles cálidas, polvorientas, tan distintas a las avenidas grises y frías de Bogotá. Los vecinos… me miraban con curiosidad, casi como si fuera un experimento. Cada saludo, cada gesto, me recordaba que no pertenecía. Había algo en el aire que me decía, sin palabras, que yo venía de otro mundo.
– Debió ser abrumador… –susurró Mia, como si intentara acariciar la memoria.
– No estoy seguro de si fue abrumador o simplemente desconcertante. Recuerdo que montar a caballo por esas calles fue una de las primeras cosas que me impactaron. En Bogotá eso era impensable. Pero allá…
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se volvió parte de la vida diaria. Al principio me sentía torpe, como si mi cuerpo no supiera cómo habitar ese nuevo lugar. Pero con el tiempo, las cabalgatas se volvieron una forma de exploración. A veces salía solo, a veces me acompañaban otros niños del barrio. Había un terreno junto a la iglesia, ¿lo recuerdas? Amplio, abierto. Ahí los chicos jugaban fútbol todas las tardes.
– Me acuerdo –respondió Mia con una sonrisa suave–. Siempre regresabas lleno de polvo, despeinado, con los ojos brillando como si hubieras visto algo extraordinario.
– Sí… –dije mientras sonreía también, pero con una nostalgia distinta–. Ese lugar era un refugio. Un espacio donde podía soltar un poco ese peso invisible que traía encima. Porque aunque empezaba a adaptarme, nunca dejé de sentirme “el otro”. Cargaba una especie de etiqueta que nadie veía, pero que todos leían: “el de Bogotá”. Tenía un acento más cerrado. Usaba ropa que allá parecía demasiado formal. Incluso pensaba distinto. Me lo decían, algunos con risa, otros con ironía: “Habla como rolo”, “Ese viene de la capital”. Y por más que intentara encajar, por más que riera con ellos, siempre sentía que caminaba a medio camino entre ser parte… y ser visitante.
Mia me escuchaba con una atención amorosa, como si cada palabra fuera un hilo más de la historia que también había tejido con sus decisiones. No había juicio en su rostro, solo presencia.
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Hay una frontera que no aparece en los mapas, pero que se cruza muchas veces en la infancia. Es la frontera entre lo familiar y lo extraño. Entre lo que éramos y lo que estamos empezando a ser. Cuando uno cambia de ciudad siendo niño, no solo se mudan las cosas; se muda la forma de mirar. Aprendí que pertenecer no es un acto inmediato, sino una danza lenta entre lo que uno trae y lo que el lugar le pide. Y aunque durante mucho tiempo creí que estaba dividido, ahora entiendo que en ese cruce de identidades nació mi manera de comprender a los otros. Porque solo quien ha sido “el diferente” puede aprender a ver sin juzgar.
– ¿Y cómo lo llevabas? –preguntó Mia, apretando suavemente mi mano, con esa mezcla de intuición y ternura que solo una madre conoce–. Porque yo te veía fuerte, siempre con ganas de salir adelante… pero me pregunto qué sentías por dentro.
La pregunta me atravesó los cimientos de lo guardado.
– Fue difícil, Mia –respondí sin rodeos, sin necesidad de disfrazarlo–. Me esforzaba mucho por encajar, por demostrar que podía ser uno más. Me reía de los chistes aunque no los entendiera del todo. Aprendía sus costumbres, sus códigos, sus silencios. Me adaptaba al ritmo del lugar, a la forma en que allá se hacían las cosas. Pero había momentos, sobre todo al caer la noche, en los que me sentía profundamente solo. No por falta de compañía, sino por una especie de desconexión silenciosa. Como si mi verdadero yo se hubiera quedado atrapado entre los ladrillos húmedos de Bogotá.
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Hice una pausa. Sentí el eco de esas noches como si aún estuvieran dentro de mí.
– A veces, me quedaba mirando por la ventana de mi habitación, mientras el calor de la noche subía por las paredes y los grillos cantaban sin cesar. Me preguntaba si algún día volvería a sentir que pertenecía. Era como vivir en pausa, entre dos mundos: uno que había dejado y otro que aún no me aceptaba del todo. Como si caminara por una cuerda invisible, tratando de no caer en la nostalgia, pero sin lograrlo del todo.
Mia no dijo nada al principio. Su forma de escuchar siempre había sido completa, sin interrupciones.
– Esa sensación de desarraigo… también es parte del crecimiento. A veces, cuando sentimos que no encajamos, es porque estamos transformándonos. Lo importante es que, a pesar de todo, seguiste caminando.
– Sí –asentí con gratitud–. Hoy entiendo que la identidad no es un lugar fi jo. No es un rótulo que uno recibe ni una estructura cerrada. La identidad se construye. Se moldea con lo que vivimos, con lo que perdemos, con lo que no entendemos y aun así habitamos. En Ibagué descubrí que adaptarse no signi fi ca traicionarse, sino aprender a mirar el mundo desde otro ángulo. Incluso empecé a narrar mi historia con palabras nuevas, sin repetir las viejas heridas. Aprendí a encontrar belleza en lo desconocido… a tomar lo mejor del momento, incluso si no era lo que esperaba.
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– Y eso fue hermoso de ver –dijo Mia, con una calidez que envolvía la habitación–. Porque no solo sobreviviste a ese cambio: lo convertiste en parte de ti.
– Sí –respondí, sintiendo cómo la emoción me subía al pecho–. Tal vez por eso hoy puedo mirar hacia atrás y sentir una alegría profunda. Porque cada calle que recorrí sin saber adónde iba, cada caballo que monté como si pudiera galopar sobre mis dudas, cada niño que me llamó “rolo” sin saber el peso que esa palabra tenía… todos me enseñaron algo. En esa ciudad ajena, sin darme cuenta, empecé a encontrarme conmigo mismo. Y entendí algo que me costó años comprender: que el verdadero hogar no siempre es un lugar. A veces es una sensación. Algo que se construye por dentro, paso a paso, recuerdo a recuerdo.
Mia me enseñó que las raíces no siempre crecen hacia abajo; a veces crecen hacia adentro. Y entendí que pertenecer no es ser aceptado por otros, sino aprender a aceptarse a uno mismo en todos los lugares donde uno ha sido extranjero. Descubrí que el hogar no es un punto geográ fi co, sino un estado del alma donde uno se siente en paz con su historia. Y cuando ese hogar se habita desde adentro, entonces cualquier lugar del mundo puede volverse nuestro.
– Eso que dices es tan cierto, –respondió Mia, con una dulzura que parecía tocar algo muy hondo en mí–. A veces los lugares no son más que escenarios. Lo que los hace hogar es lo que vives… y cómo decides recordarlo. Y tú, con cada experiencia, fuiste escribiendo tu propio guion.
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Asentí con una media sonrisa, sintiendo que algo se acomodaba dentro.
– Sí. Y aunque al principio todo fue confuso, hoy lo reconozco como claridad disfrazada. Ibagué no fue una pausa en mi historia, fue el comienzo de algo más grande. Un entrenamiento energético, emocional y mental que la vida tenía preparado para mí. Me enseñó que uno no viene al mundo a sentirse listo. Venimos a aprender a adaptarnos, a escuchar lo nuevo, a abrazar lo extraño sin soltar el origen. Sentirse perdido… es parte de abrir espacio para que algo distinto pueda nacer.
Nos quedamos en silencio. La luz del atardecer entraba por la ventana con un tono dorado que parecía más memoria que sol. No necesitábamos decirlo, pero ambos lo sabíamos: no solo habíamos hablado de un lugar, habíamos recorrido juntos una transformación.
Continué después de un momento.
– Fue allí donde empecé a sentir emociones que no sabía cómo nombrar. Hasta ese entonces, el mundo estaba dividido entre lo familiar y lo desconocido. Pero en Ibagué surgió algo diferente… una especie de vibración nueva. Comencé a notar miradas que me hacían sentir distinto. Pequeñas atenciones que me movían el centro. No sé si era amor… no creo. Tal vez atracción. Pero era más sutil: una tensión dulce, confusa. Como si mi mundo emocional empezara a abrirse por dentro, despacio, en capas que aún no entendía.
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Mia se mantuvo en silencio, pero su atención era total. Su forma de escuchar era como una caricia al alma: uno se sentía más claro incluso antes de terminar de hablar.
– ¿Y cómo lo llevabas? –preguntó suavemente–. ¿Te sentías cómodo con eso?
– No al principio. Me desconcertaba. Venía de Bogotá con otra forma de ser, con otra energía. Allá, en Ibagué, todo parecía tener otro ritmo: más pausado, más físico, más directo, y a la vez más hermético. Me costaba leer las señales. No sabía si debía acercarme o quedarme al margen. Pero empecé a observar más. A pensar en cómo me mostraba ante los demás. A cuidar mis gestos. Me interesaba saber cómo me veían, sobre todo… cómo me veían ellas.
Sonreí, más por pudor que por nostalgia.
– Fue como si mi identidad comenzara a ampliarse. Como si empezara a verme desde afuera. Me preguntaba quién era, cómo me movía, qué efecto tenía en los otros. No fue una época de amores concretos, ni de romances juveniles. Fue otra cosa. El inicio de una conciencia relacional, si puedo llamarlo así. Aprendí a leer los silencios, a descifrar gestos, a imaginar lo que alguien podía estar sintiendo sin decirlo. No entendía mucho, pero algo se despertó ahí. Una sensibilidad nueva… que aún hoy sigo explorando.
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