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Llegar: Llegar Despertar & Trascender · seb Llano

Capítulo 7 de 79

Parte 7

fue ahí donde comprendí una verdad que dolía pero liberaba: no puedo de fi nirme a través de otros. No puedo usar a nadie como espejo si yo mismo no tengo forma.

Ella cerró los ojos un segundo, como si saboreara la fuerza de esas palabras, y luego, con una ternura honda, casi antigua, dijo:

—Eso, Mio, eso que descubriste… es lo más importante. A veces lo que creemos amor no es más que el re fl ejo de una necesidad. No es amor, es un intento. De ubicarnos, de sentirnos validados, de anestesiar heridas que no sabíamos que estaban abiertas. Pero incluso esos intentos son importantes. Porque marcan el inicio de una conciencia. No perfecta, no ordenada, pero profundamente transformadora.

Suspiré. —No fue amor. No, no lo fue. Fue mi primer intento de de fi nirme a través de otro. De construir un lugar donde sentirme alguien. Y claro que no funcionó. Lo entendí tarde. Pero lo entendí. Y eso me basta.

Todos tenemos un primer naufragio. No es por el otro, sino por lo que proyectamos en él. Pensamos que amar es conectar, cuando muchas veces es simplemente un acto desesperado por desconectarnos de nosotros mismos. Pero incluso desde esa falsedad, nace algo genuino, el deseo de despertar. Y ese deseo, ya es luz.

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Despertar de la conciencia

Se acercaba el Día de la Madre y algo dentro de mí comenzó a inquietarse, como una semilla que sabe que es tiempo de brotar. Más que un deseo, era una necesidad. No de huir de Bogotá, sino de salir para encontrarme con algo que me venía haciendo falta. Una especie de silencio que no encontraba en la ciudad. Espacio. Tiempo detenido. Una distancia amable. Como si mi cuerpo y mi alma supieran que, para continuar, primero debía volver a mirar atrás con honestidad. Sentí que necesitaba abrir de nuevo ese libro de memorias compartidas con Mia, sentarnos otra vez, como tantas veces antes, a mirar hacia adentro. No a buscar respuestas rápidas, sino a simplemente observar, con amor y sin juicio, el mapa desgastado de nuestros caminos.

Algo me decía que muchas de las historias que viví no estaban del todo digeridas. Algunas estaban incompletas, otras eran heridas abiertas disfrazadas de anécdotas. Y ese tipo de conversaciones, las que nacen del alma y no del ruido, sólo pueden emerger cuando el entorno calla. Lejos del caos de la ciudad. Lejos de las expectativas, de las voces cruzadas, de las demandas externas.

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Bogotá, esos días, se me aparecía como un álbum desordenado. Como si alguien hubiera volcado sobre la mesa todas mis memorias y luego hubiera soplado fuerte. Quedaron fl otando, confusas, algunas intactas, otras rotas, muchas inconexas. Las calles que alguna vez me guiaron ahora parecían hablar otro idioma. Los muros familiares ya no me pertenecían. Las esquinas, que solían ser puntos de encuentro, solo guardaban el eco de voces que ya no estaban. Bogotá se volvió un espejo de lo perdido, una ciudad que sabía mi nombre pero ya no pronunciaba mi historia.

Mis amigos… ya no estaban. Algunos partieron para siempre, dejándonos su energía más pura como recuerdo. Otros se alejaron geográ fi camente. Y otros, simplemente, tomaron caminos tan distintos que se volvieron irreconocibles. Seguíamos existiendo, sí, pero en frecuencias distintas. Lo que alguna vez nos unió se había transformado. Las miradas que compartían complicidad ahora eran distantes, las carcajadas se habían vuelto susurros de otro tiempo. Ya no hablábamos el mismo lenguaje emocional. Ya no vibrábamos igual.

Manejaba al amanecer. El sol, aún bajo, teñía el horizonte con una calidez tenue. No había ruido, solo el motor del carro y mi respiración acompasada. Era como si cada kilómetro me despegara un poco más del pasado, y al mismo tiempo, me acercara a él desde otro lugar. Fue entonces cuando regresó una imagen: la del regreso a Bogotá después de Ibagué. Una escena que parecía dormida, pero que al contacto con ese sol

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de montaña despertó con fuerza. Recordé el momento exacto en el que sentí que estaba regresando a un “hogar” que ya no me reconocía. Y sin embargo, algo comenzó a nacer en mí. No fue racional. No fue leído en ningún libro. Era algo más visceral. Silencioso. Profundo.

En ese momento, aunque no lo supe entonces, empecé a desear. Pero no el deseo que consume ni que exige. No el deseo inmediato de la adolescencia, ni el deseo impostado de las películas. No. Era algo más limpio. Más suave. Como una corriente subterránea que empieza a empujar sin romper. Una energía que empezaba a levantarse desde adentro, sin rostro de fi nido. A veces se manifestaba en una mirada, en el roce accidental de una mano, en una sonrisa que se quedaba un segundo más de lo necesario. Otras veces era apenas un pensamiento que volvía una y otra vez cuando cerraba los ojos. Un pulso sutil. El anuncio de algo que aún no comprendía, pero que ya me transformaba.

Pero no vamos a llegar a eso todavía. No aún.

Observa ese punto con especial atención, porque es ahí, justo ahí, donde algo cambia. No es solo el regreso físico a una ciudad. Es la iniciación silenciosa de una forma distinta de sentir. El deseo, en su forma más pura, no busca poseer. Busca re fl ejar. Ilumina lo que está adentro más que lo que quiere afuera. Y esa primera vibración, ese primer estremecimiento sin nombre, es el verdadero nacimiento de la vida emocional madura. No hay amor sin deseo consciente.

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No hay despertar sin sombra. Y allí, sin saberlo, comenzaba a caminar por ese sendero.

Las cabañas nos esperan, mi esposa, y toda la familia ya están allá. Son un escondite entre la montaña, donde los árboles se alzan como guardianes silenciosos y el río murmura una canción que parece no tener principio ni fi nal. No hay señal de celular, ni horarios, ni ruido. Sólo el tiempo, quieto, como si también se tomara un respiro. El plan era simple: celebrar el Día de la Madre en paz, lejos de los correos, del tránsito, de esa Bogotá que siempre nos exige estar presentes, disponibles, ocupados. Era un pequeño paréntesis, pero de esos que saben hacerse grandes, de esos que a veces se convierten en portales para volver a lo esencial.

Mientras avanzábamos por la carretera, el ruido de la ciudad se fue desvaneciendo como un recuerdo difuso. Ya habíamos dejado atrás el asfalto congestionado y los semáforos eternos, y en su lugar comenzaban a aparecer curvas suaves, árboles inclinados por el viento y un cielo más limpio. El motor sonaba constante y la música era apenas un susurro. Fue en ese ritmo de tránsito —ni rápido ni lento— donde apareció otra vez esa claridad que sólo llega cuando el cuerpo se aleja lo su fi ciente para que el alma empiece a hablar. Esa sensación de que algo se alinea internamente cuando el paisaje cambia por fuera.

Giré el rostro hacia Mia. Iba en el asiento del copiloto, mirando sin mirar. Sus ojos seguían la silueta de las montañas, esas mismas que nos han acompañado

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tantas veces, testigos pacientes de nuestras idas y vueltas. En ese momento, sentí que era seguro volver a abrir una vieja puerta.

—¿Te acuerdas cómo fue esa vez que volvimos a Bogotá?

No lo dije con reproche, ni con nostalgia. Fue una pregunta suave, envuelta en curiosidad. Porque por dentro aún quedaba algo de ese silencio que no se había resuelto, algo que dolía sin herir.

Ella no volteó de inmediato. Mantuvo la mirada en la ventana, pero su voz se encendió con esa suavidad que sólo tiene cuando recuerda desde el corazón.

—Claro que me acuerdo. Fue una de las decisiones más difíciles que tomé. No era solo hacer maletas y volver. Era admitir muchas cosas. Lo que intentamos construir allá, en esos tres años, ya no tenía cómo sostenerse. Yo necesitaba volver, sí… pero también necesitaba verte de nuevo. Sentirte. Saber si aún podíamos tener una oportunidad más y no sólo tú… nosotros.

Asentí en silencio. El volante se volvió una extensión de mis pensamientos. La carretera delante, ondulante, parecía el re fl ejo exacto de mi memoria.

—Para mí fue confuso. Ibagué era caos, sí… pero era mi caos. Lo conocía, lo entendía, hasta lo quería. Ya no me era ajeno. Cuando dijiste “nos vamos”, no discutí. No porque estuviera convencido. Sino porque, en lo

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más profundo, algo me decía que ese regreso era necesario. Que al volver, algo iba a despertar.

—Yo te vi —respondió Mia con un suspiro que venía desde lo más hondo, pero que salía ligero—. Te ibas apagando. No de golpe, no dramáticamente. Eras como una vela que aún da luz, pero cada día un poquito menos. Estabas ahí, claro. Salías, reías, probabas cosas. Pero tu mirada… tu mirada se había vuelto opaca. Como si tu alma buscara algo sin saber qué. Y lo que más me dolía era que ya no sabías cómo pedirme ayuda.

En ese momento, desde algún rincón, reconozco la escena como un quiebre sutil pero profundo. No fue una pelea, no fue una caída. Fue un giro silencioso. Una madre que lee lo invisible. Un hijo que empieza a ceder sin saber por qué. El alma, cuando intuye su expansión, a veces se disfraza de pérdida. Pero en realidad está preparando terreno. Es el camino y no en el destino— donde germinan los despertares verdaderos.

—Es que no sabía quién era, Mia. Estaba perdido entre lo que los demás esperaban de mí y lo que yo apenas empezaba a intuir de mí mismo. En Ibagué podía ser muchas cosas, pero no sabía cuál era verdadera. La familia, los amigos, todos parecían esperar algo que yo no tenía. Y lo que realmente sentía que podía ser… no se valoraba. Volví a sentirme extraño, pero esta vez era distinto: era un extraño en mi propia casa.

Ella no me miró enseguida, pero pude sentir cómo su cuerpo se tensaba levemente, como si estuviera

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conteniendo algo grande que debía decirse con cuidado. Luego, con esos ojos brillantes que a veces contienen lágrimas que nunca caen, habló con esa fuerza serena que sólo tienen las madres cuando están listas para sostener incluso lo que no pueden.

—Eso fue lo que más me asustó —dijo—. Ver cómo empezabas a construirte desde afuera. Como si esperabas que alguien más te dijera quién eras. Cómo actuar, qué pensar, a quién parecerte. Veía cómo te esforzabas por agradarle a todos… pero sin saber a quién querías agradar realmente. Sabía que estabas buscando tu esencia. Y entendí que ese camino no podía caminarlo por ti. Si en ese momento te de fi nía, si te encasillaba, si me volvía una guía demasiado estricta… habría dejado de ser tu apoyo. Me tocó soltarte, por primera vez.

—Pero… yo nunca sentí que me limitaras.

Mia bajó un poco el volumen de la música. La voz ya no salía con fi rmeza, sino con una honestidad que desarmaba.

—Sí lo hice, aunque sin darme cuenta. En Ibagué aún te estaba limitando. Al no darte permisos, al comprarte la ropa que yo creía que debías usar, al exigir resultados escolares como si fueran lo más importante… incluso al tratar de elegir los amigos que, según yo, eran los “correctos” para ti. Todo eso era amor, sí, pero también miedo. Y cuando decidí que era hora de volver a Bogotá, sentí tu silencio. Esa rabia muda que llevabas en el pecho. Pero aún así, sentía

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que era lo correcto. Teníamos que regresar. No para huir, sino para volver a nacer.

—Creo que ahí nació en mí una especie de culpa silenciosa. De esas que se instalan sin que uno las invite. Una sensación de dejar todo a medias. Como si no hubiese cerrado bien la puerta. Sentí que no había terminado nada, que me estaba rindiendo. Pero con el tiempo entendí algo: esa fue mi primera huida. Una de esas donde uno se convence de que está resolviendo algo… pero en realidad solo está evadiendo lo que necesita enfrentar.

Ella asintió, mirándome con atención, como si la respuesta ya la supiera pero necesitara oírla en mi voz.

—¿Regresar también fue difícil para ti?

—Mucho. Bogotá no era lo que recordaba… o quizás, ya no era yo el mismo. Mis amigos ya no estaban. Algunos se habían mudado, otros simplemente se habían convertido en personas diferentes. Ya no hablábamos el mismo idioma emocional. Volví a un colegio nuevo, otra vez. Otra adaptación forzada, otro profesor que no sabía cómo leerme. Otra vez sentirme raro. El que no encaja. El que no aprende como los demás. Empezaba, una vez más, una historia sin saber hacia dónde iba.

Mia me miró con ternura —Pero no estabas empezando desde cero —susurró—. Estabas empezando desde un lugar que ya conocías. Y eso, aunque suene contradictorio, hace una gran diferencia. No era más

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fácil, claro que no. Pero esta vez no partías desde la inocencia. Partías desde el cansancio… y también desde una oportunidad nueva. A veces hay que volver, no para repetir, sino para hacer las cosas de otra manera. Nos tocaba regresar. A ti, a mí. A ambos.

Lo veo claro, el regreso no fue un retroceso. Fue una espiral. No volvimos al mismo punto, volvimos a otro nivel en el mismo espacio. A veces el alma no necesita nuevas ciudades, sino nuevas miradas sobre las ciudades conocidas. Y eso fue lo que hicimos, aprendido a soltar.

El camino se abría frente a nosotros como un río de asfalto entre montañas, y yo, sin buscarlo, me dejé llevar por esa sensación de claridad que solo emerge en movimiento. No miré a Mia. Solo hablé, como quien por fi n permite que algo que llevaba tiempo formándose en el pecho encuentre salida.

—Quizá por eso —dije, con la voz suave, como si el viento pudiera llevarse las palabras demasiado pronto— ahora que vamos a celebrar el Día de la Madre siento que también deberíamos celebrar nuestro caminar. Porque cada giro, cada pérdida, cada regreso… también nos trajo hasta aquí.

Ella asintió en silencio primero. Luego, con esa precisión que tiene para nombrar lo que yo apenas empiezo a comprender, respondió:

—Lo que yo sentí en ese entonces… fue que te afectó el contraste. Tus primos ya tenían sus amigos del colegio. Sus historias, sus rutinas. Tú, en cambio,

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